“Eran crisis de llanto cuando no había nadie, tristeza profunda, amargura, dolor del alma. Un desconsuelo tan profundo…” María José Padilla alguna vez fue una mujer alegre, amable y soñadora. Así se describe cuando mira hacia atrás. También dice que era luchadora, que tenía excelente salud y que había aprendido de sus padres a enfrentar las dificultades con fe y alegría.

Hoy tiene 50 años. Es médica. Pero hubo un momento en el que todo eso pareció quedar muy lejos. “La chica alegre, amable y soñadora hacía tiempo que fingía”, rememora.

Mapa de la Salud Mental en Tucumán: los datos que encendieron las alarmas en la provincia

No habla de una tristeza pasajera. Habla de un proceso que, de a poco, fue ocupando cada espacio de su vida. Primero aparecieron el dolor y las secuelas de un grave accidente laboral que sufrió a los 34 años. Después llegaron las dificultades para dormir, el deterioro cognitivo, el aislamiento, las crisis de llanto y una desesperanza que ya no podía disimular.

Hasta que la muerte empezó a aparecer como un pensamiento permanente.

Y también apareció la necesidad de esconderlo. Todo ocurría cuando estaba sola. Cuando llegaba alguien, María José volvía a intentar ser la mujer que los demás conocían.

¿Cómo saber si mi hijo pequeño atraviesa un problema de salud mental? Las señales de alerta en preescolares

Su caso ilustra una dinámica que las estadísticas oficiales vienen advirtiendo a escala masiva. De acuerdo con datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), los trastornos depresivos son una de las principales causas de discapacidad en todo el planeta. En nuestro país, el Primer Estudio Epidemiológico de Salud Mental en Argentina reveló que el 29,1% de la población adulta presenta algún trastorno de salud mental a lo largo de su vida, encabezados por los cuadros de ansiedad y la depresión mayor. No obstante, relevamientos de la Facultad de Psicología de la UBA señalan que más del 70% de las personas con malestares psicológicos severos no acceden o postergan la búsqueda de un tratamiento oportuno, muchas veces sofocados por la vergüenza, la falta de información o la propia incapacidad de pedir ayuda.

Una guía de la UBA explica cómo detectar el riesgo de suicidio y acompañar a los jóvenes

La vida se achicó

Después del accidente tuvo que atravesar distintas etapas de recuperación. Una de las secuelas que más afectó su vida fue una neuralgia del trigémino resistente al tratamiento. El dolor físico se volvió crónico e intratable. Y mientras el cuerpo intentaba recuperarse, también empezó a deteriorarse su salud mental.

María José cuenta que buscaba sostenerse como podía. Tenía a su familia, a su expareja y a sus amigos. Intentaba continuar con ejercicios cognitivos en su casa y buscaba tratamientos para el dolor. Pero había algo que quienes la rodeaban no siempre podían ver.

“Seguía el llanto desconsolado cuando estaba sola, la desesperación”, dice.

Su habitación empezó a convertirse en un refugio: “No podía dormir, pero no tenía fuerzas para salir de la cama; la muerte era el único pensamiento”.

Y en ese momento también empezó a perder algo que durante mucho tiempo había sido una de sus principales herramientas para atravesar las dificultades. “Perdí la fe. Culpé a Dios por todo y apareció la pregunta de por qué. Qué debía aprender, por qué tanto sufrimiento”, recuerda.

La depresión también fue modificando la manera en que se relacionaba con quienes estaban cerca. La mujer reconoce hoy que estaba tan concentrada en sobrevivir a lo que le ocurría que no podía mirar más allá de sí misma. “Jamás pensé que mi expareja también necesitaba ayuda psicológica. Estaba tan preocupada solamente por mí que no podía mirar más allá. No podía ver su dolor y su pena”, reflexiona.

Cuando dejó de poder fingir

Hay un momento del relato en el que María José ya no habla de una mujer que está triste. Habla de una persona que había dejado de poder cuidarse.

Sus padres tardaron en conocer la dimensión de lo que estaba ocurriendo porque ella les había ocultado durante mucho tiempo cómo se sentía. Cuando finalmente dejó Buenos Aires y regresó a Tucumán, sus padres vieron una versión de ella que casi no reconocían.

“Supongo que fue duro. Enviaron una joven luchadora y con excelente salud y volvió un trapito que solo pensaba en la muerte, que tenía miedo de todo, que ya no podía fingir”, afirma. Había dejado de bañarse y de cambiarse de ropa. Lloraba. Tenía miedo. Las pesadillas que habían comenzado después del accidente continuaban. A su madre le decía que era por el dolor.

Su padre entendió que había algo más: “Sabía que no era solo el dolor ni la adicción a la morfina, sino que estaba depresiva”.

Entonces llegaron las consultas con profesionales de salud mental. Los problemas con la aseguradora de riesgos de trabajo, quienes según cuenta, no garantizaban la continuidad del tratamiento con los mismos profesionales. Y poco después, la internación en una clínica de calle Jujuy al 400. Durante días permaneció encerrada sola en una habitación. Tenía seguimiento psiquiátrico y psicológico. Sus padres iban a verla. También la visitaban los profesionales que la habían atendido previamente. Pero ella sentía que había llegado a un lugar muy oscuro.

“Ya me habían ganado la locura, la tristeza y la sensación de muerte” expresa y la frase queda suspendida durante unos segundos en su relato. Después agrega algo: “Pero parece que algo de tu alma sigue ahí y empieza a salir”.

La recuperación no ocurrió de un día para el otro. Tampoco fue una escena de película. Empezó por cosas pequeñas: volvió a comer; su cuñada iba día por medio a bañarla; después permitieron que su familia comenzara a visitarla. Los pensamientos fueron cambiando lentamente.

“Ya la muerte no era mi compañera, pero sí estaba el dolor”, comenta.

Había dejado los opióides y sus médicos habían ajustado la medicación. El dolor de la neuralgia seguía presente, pero algo había empezado a moverse.

Volver a ser ella

Durante la internación empezó a relacionarse con otras personas. Las acompañantes terapéuticas de otros pacientes comenzaron a acercarse y eso también ayudó. Continuaban las consultas psiquiátricas y psicológicas, a las que María José recuerda como una parte central de su recuperación. Pasó Navidad y Año Nuevo internada.

Su familia permanecía cerca; sus padres comenzaron incluso a participar de las clases de baile de la clínica. Y María José volvió a hacer algo que parecía imposible unos meses antes: participó en una obra de teatro.

“De a poco y pese al dolor, volví a ser yo”, remarca. No dice que el dolor desapareció. No dice que todo quedó resuelto. Dice que volvió a ser ella, e invita a las personas que atraviesan por una situación similar, a no tener miedo a la internación.

Por eso, cuando habla de su propia experiencia, María José insiste en una idea: “La depresión es un proceso que se trata de ocultar, pero hay signos de alarma”.

La historia de María José también habla de todo lo que puede permanecer oculto detrás de una persona que sigue intentando mostrarse como siempre. El primer Estudio Epidemiológico de Salud Mental también encontró que, entre quienes presentaban un trastorno mental severo, apenas el 30,2% había recibido tratamiento durante los 12 meses previos. Casi siete de cada diez habían quedado fuera de esa atención.

María José necesitó llegar a un punto límite para que su entorno pudiera ver aquello que durante tanto tiempo había intentado esconder. Hoy, cuando recuerda ese período, no habla solamente de la enfermedad sino también de la importancia de mirar, preguntar y acompañar. Porque a veces los signos están ahí, aunque ocurran puertas adentro. 

Dónde pedir ayuda 

Pedir ayuda puede comenzar con una llamada o una consulta cerca de casa. En Tucumán, la línea 135 atiende urgencias y realiza derivaciones, mientras que el 0800-122-1555 brinda orientación con psicólogos las 24 horas. También se puede acudir a los CAPS y policlínicas o al Servicio Ambulatorio de Adicciones del Hospital Avellaneda, que atiende de lunes a viernes, de 7 a 19. La red provincial incluye hospitales de segundo nivel para desintoxicación aguda, los equipos comunitarios “Nuevo Amanecer”, los hospitales Obarrio y del Carmen para cuadros agudos y los centros Las Moritas, en Las Talitas, y Cetria, en Aguilares, para rehabilitación.